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Domingo, 20 Septiembre 2015 19:50

LA MIRADA INVERSA

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Cómo volveré a ver, nombre de la obra, exclamación y pregunta que invita a pensar desde los verbos “volver” y “ver” en un antes y un después. En función del tiempo, de la posición donde se coloca el tiempo surge un primer rasgo, una clave de interpretación de cómo se desenvolverá el devenir que, con lentitud y precisión en el detalle entre un movimiento y otro, marcará el ritmo pausado para cada acción, de esa manera el lapso de quietud cobra vida e interés propio como la importancia del silencio.     

La obra se podría dividir en dos partes, una primera dentro de una habitación, que en principio parece una introducción de piano, y se terminará transformando en parte constitutiva de la puesta, este segmento musical también juega el rol de la espera y del  detalle, la espalda del pianista en un cuarto pequeño de paredes verdes con mesas con floreros, hace de la música un continuo movimiento que sube y baja en su intensidad, cuando parece finalizar otra vez comienza y otra vez, el pianista es un performer, en un momento extiende la mano la deja abierta unos segundos y vuelve a tocar, eso no lo convierte en performer, es solo una sutileza. Si la extrapolación, el hecho de que este tocando en vivo para espectadores que se encuentran con un lenguaje en un rol principal pero a los fines de una obra de danza lo vuelve perfomático, la ejecución del instrumento en ese tiempo y espacio.  

En la sala contigua con la música que aún se escucha, ya desde lejos a través de una pared y la puerta cerrada –los espectadores dejamos atrás al pianista- la remota armonía crea el clima para lo que será silencio y disociación después. Desde una vertical  que cae en postura de espaldas al público, y con la cara surgiendo de las rodillas, las protagonistas con sus cuatro manos sobre el piso en una incómoda posición miran, los ojos al revés, invertidas y se esboza una respuesta de como volverán a ver cuando se vuelvan erguidas.

Dentro de la  coreografía, las piernas, los brazos en paralelos y las manos que se confunden son elementos preponderantes, se mezclan y logran por momentos una unidad, pero las protagonistas dentro del sistema de esperas que han creado con sus lentos movimientos son individualidades presentadas como gemelas –mismo vestuario, similares en contextura y poca luz las asimila –  todo el tiempo tensionan el retraimiento de dos mecanismos que actúan igual y reflejan una misma personalidad, una composición dual, como ocurre en “algo de esa flota” – obra que gira en torno de la simultaneidad de dos bailarinas en una relación de fuerza y ternura o un enfrentamiento entre iguales partes -  del movimiento de una depende la otra, unidas en coreografía, aquí no hay enfrentamiento, o en todo caso otro tipo de enfrentamiento, porque cuando se ensimisman hay un intento de amalgamar y de construir un único “yo”.

Cambian de posición y recrean un diálogo con un interlocutor ausente e imaginado, cada una de espalda al piso, como si estuvieran sobre una cama, hace la mímica de lo que pudo haber sido una conversación en otro momento, se yuxtaponen sus palabras y al acelerar la representación del diálogo, las voces producen el atiborramiento, antípodas del silencio, que por exceso se tapan y es otra vez la soledad.

La parte final transcurre sobre la única escenografía, un velador que alumbra libros, discos, casetes, papeles desparramados en el piso, los austeros elementos son objetos que representan un recuerdo, en este  marco las cuatro manos pintan rudimentariamente a trazos firmes un nombre: Juan, el cual no hay ningún otra referencia, ¿Será a él a quien se referían en el diálogo inconcluso? ¿Juan será la música del piano? Música que al concluir como evocación vuelve a sonar desde otro tiempo. Regresa a los instantes finales a buscarlas sincronizando los movimientos de ellas con la última tecla que extiende la melodía, y se apaga la luz.

El comentario de esta obra está basada en la función del día 16/08/2015, en la sala del teatro Lunares.-

Un texto para: Cómo volveré a ver / Dirigida por: Julieta Tarraf y Cecilia Slamecka.

 

 

 

 

Pablo Gungolo

Poeta, nació en Bahía Blanca y en la actualidad reside en Capital Federal. En el 2011 publicó su primer libro “Polaroid” (Editorial La Parte Maldita). Generalmente escribe en floresyfobias.blogspot.com (Elongando). Su próximo libro se llamará “los restos”.

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