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Viernes, 01 Marzo 2013 20:33

el Alma del Arte

Escrito por Gastón Sanchez

Honestamente, me aventuro a escribir estas palabras, pretendiendo verter más luz sobre un escenario pleno en una noche de luna casi nueva. Aunque para todos, sin duda, nueva. 

¿Cuánto debe uno abandonar por el privilegio de empezar de nuevo?

Es muy difícil describir lo que esa noche de domingo del 10 de marzo de 2013 cada espectador se llevó consigo, tanto a su casa física como en su fuero interno. Ya puedo sentir la incomodidad. Pero, así y todo, me atrevo.

Antes que nada, es importante que distinga dos situaciones que, aunque emparentadas en cualquier otra eventualidad de carácter artístico, ese domingo 10 de marzo de 2013 alcanzaron a individualizarse por motivos de carácter público y que exceden la realidad.

En primer lugar, rondaba en el aire el reciente fallecimiento de Gabriel Francisco Hernández Fernández, artista nacido en Chile, residente en Argentina, bailarín y coreógrafo a quien la obra y sus partes le rendían homenaje, no sólo por ser asistente de “Cuerpo Extranjero”, lo cual era ineludible, sino, asimismo, por ser un compañero y un colega, y, seguramente, para muchos de entre los espectadores, también un amigo, un hermano, y, por qué no, un hijo o un nieto.

En segundo lugar, si es que cabe la expresión, estaba la obra “Cuerpo Extranjero”, interpretada por Inés Armas y Daniela Fiorentino, dirigida por Fagner Pavan, y que contaba, a su vez, con Adrián Cintioli como iluminador  y, claro está, de la que había sido asistente Gabriel Francisco Hernández Fernández.

Ambas situaciones estaban presentes, para algunos (como fue mi caso), inevitablemente en ese orden, para otros, quizás, en un orden diferente. Daba lo mismo. Quizás ambas eran una sola cosa. Su individuación, tal vez, se reconocía en un suspiro o en una mirada sostenida. El resto del tiempo, ambas eran una y la misma cosa. Pero los suspiros no dejaban de sucederse, se contagiaban unos a otros y eso me invitaba, nuevamente, a ver o pensar en la individuación. Las miradas, sin tener total certeza debido a mi posición, aunque no siempre a los ojos, estaban contemplando sensiblemente los pequeños movimientos físicos, ante el inmenso universo de los movimientos emocionales, gozando del magnífico espectáculo que dispone de la dimensión del tiempo para transitar o alcanzar la meta del artista: que no es la imitación de la naturaleza, aunque sea artística, sino la necesidad y el deber de expresar su mundo interior.

En todo lo allí experimentado (entendiendo este último término en su sentido etimológico derivado del verbo “experimentar”, y no del sustantivo “experimento”), el domingo 10 de marzo de 2013 se hicieron presentes los brotes o frutos de las tendencias hacia lo no natural, hacia lo abstracto, hacia la naturaleza interior, que, de manera consciente (o no), parecían obedecer y promulgar la famosa frase del filósofo Sócrates: “¡Conócete a ti mismo!”. 

Y, a través de ellos, se pudieron celebrar, no sólo la gran proeza del tratamiento técnico, sino también las fuerzas puramente espirituales y el alma que el arte pide.

Más que nunca, “Cuerpo Extranjero” fue, el domingo 10 de marzo de 2013, el agasajo de aquello que naturalmente todo artista posee, muchas veces de manera consciente, en la gran mayoría de los casos, de manera inconsciente: hambre de pan espiritual. Semejante al público idóneo concurrente, se pudo saciar ese espíritu del arte que tanto nos inculcó Wassily Kandinsky.

 

Adentro

No quiero inducir demasiado al lector (quizás, futuro espectador) sobre aspectos técnicos o estructurales de la obra, por el inmenso respeto hacia todos aquellos movimientos internos generados ante lo desconocido, que tiene relación con todo lo nuevo.

Sencillamente, quiero destacar el simbolismo como mediación para la epifanía de lo sagrado, cifrado en la decisión hermenéutica de exponer un tercer cuerpo en escena. 

Un muñeco, signo (no símbolo) de niñez.  Una mujer que viste pijamas (segundo signo referido a cualquier etapa de la niñez, pero, también, a la noche, al sueño). Y un último tercer intérprete: una mujer, más entrada en años, que, con el correr del tiempo, permite entrever una actitud dominante sobre el resto. ¿Una Hécate, tal vez? Una Hécate, justamente, en una noche de Luna Nueva, sería demasiado. Por eso, a la noche del domingo 10 de marzo de 2013 le faltaron (astronómicamente hablando) 4 grados para ser lo que hubiese querido que fuera.

Una disposición hermosísima de las luces, que, con el transcurrir de las escenas, revelaron una importancia tan profunda como la presencia misma del espectador.

Una montaña de restos. Restos de retazos. Fragmentos múltiples y de todo tipo, desarrollados y desenrollados con total impunidad. ¿Disgregación de valores, tal vez?

Un clímax discutible, un momento final que no resultó tan final y, por último, un cierre. Arbitrariedades que nunca dejarán de cesar en esto que todos llamamos “arte”.

 

Afuera

Una vez enlazados todos los fragmentos (sin con esto querer significar que se trate de una obra fragmentada o fragmentaria), se puede distinguir una totalidad vertida puramente hacia un sentido espiritual (sumatoria de certeza y conocimiento), retomando nuevamente el concepto de Wassily Kandinsky. Se podría disentir, ciertamente, con algunos de los aspectos del montaje, con la genuina intención y con el principio del montaje, distinto del de la representación, que obliga a los espectadores mismos a crear y que genera, así, ese gran poder de animación interior que distingue a un trabajo emocionalmente interesante de otro que no pasa de la mera información o del simple registro de acontecimientos, y que, por ello mismo, busca direccionar la atención (o la tensión) al interior que cada somera forma tiene o contiene. Pues la forma no es más que la expresión de un sentido interno. De otra manera, la forma, en un sentido estricto, no sería más que la delimitación de una superficie por otra.

Sin embargo, el ojo excitado, así como el paladar ante un manjar picante, disfrutaba de ciertas formas que tienen su carta de ciudadanía en el reino, llamémoslo, abstracto.

Wassily Kandinsky afirmaba que la contemplación gozosa era igual a su inconmensurable tristeza interior.

Y eso es lo que sucedía. Es lo que sucedió. Y sigue sucediendo.

¿Para qué más? ¿Para qué menos?

 

 

Un texto para Cuerpo Extranjero, dirigida por Fagner Pavan

Ficha técnica:  Idea: Ines Armas, Daniela Fiorentino, Fagner Pavan / Intérpretes: Ines Armas, Daniela Fiorentino / Escenografía: Fagner Pavan / Diseño de vestuario: Lucas Marin / Diseño de luces: Adrián Cintioli / Realización de vestuario: Sol Stolarczyck / Realización de títeres: Sol Stolarczyck /Música: Ignacio Oñate/ Fotografía: Lucas Marin / Diseño gráfico: Pablo Aguilar / Asistencia de dirección: Gabriel Francisco Fernández / Coreografía:Ines Armas, Gabriel Francisco Hernández / Dirección: Fagner Pavan.

 

 

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