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Sábado, 29 Diciembre 2012 22:47

El cielo de nosotros, los monstruos.

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Érase un lugar desconocido habitado por seres desconocidos: nosotros.

El cielo de los monstruos parece mostrarnos justamente el intervalo entre un primer y un segundo acto, es decir ese momento en el que suponemos tendría lugar la trasformación de seres terrenales a seres monstruosos… momento de metamorfosis que generalmente no  vemos.

Eso para empezar: de esa mutación está hablando, al menos desde lo formal de la propuesta, la obra de Silvina Grinberg. Pero si cavamos más profundo o simplemente nos permitimos descansar en la butaca oliendo algo más (antes en el TACEC, ahora en el Portón de Sánchez) tal vez concluyamos que también habla de otra cosa.

Materialmente –y poéticamente- se presenta en la sala negra del Portón un juego de alegorías monstruosas que inevitablemente nos convocan de principio a fin. El espacio pelado es reelecto para ser el cielo de los monstruos. Esta vez, a diferencia de la temporada con sede en La Plata, la escenografía es la ausencia de escenografía o, mejor dicho, es ese espacio playo y profundo en el que la monstruosidad está o debe estar solamente –y nada menos que- en los cuerpos.  Desde los cuerpos y desde la danza (pero desde las formas del cuerpo y desde las formas de la danza) es claro el acercamiento a un posible estereotipo de lo monstruoso. A mi modo de ver la danza y el cuerpo del bailarín son lo que queda más lejos de un hombre particular con características repugnantes; porque en este caso (como en muchos otros) la danza universaliza en lugar de singularizar. 

Sin embargo, hay otro nivel de lo construido en el cielo de estos monstruos que sí está más cerca de lo particularmente monstruoso -aclaro que este sigue siendo uno (el mío) entre otros muchos modos de recibir la obra-. Ese otro nivel es el de lo sonoramente construido y destruido. La simultánea construcción y deconstrucción de sonido, que va siendo, por momentos reproducida, y por momentos producida in situ por Guillermina Etkin (quien está a cargo del diseño sonoro y la música original de la obra) y los cuatro actores-bailarines-como queramos llamarles… es lo que, en mi opinión, inaugura algo de lo amenazante y a la vez humano de ese mundo, que “suena” (del verbo sonar) particular y roto, aunque de a ratos se “vea” formalmente o dancísticamente alejado de lo humanamente monstruoso.

El texto –lo narrado y lo cantado- junto con el ruido/sonido del que hablé recién, organiza, digamos, el “tema” o el “de qué se trata” de la obra, pero también es posible captar un entrelinea que refiere a lo más primitivo y a la vez trascendental, a aquello que nos atraviesa a todos por igual simplemente por nuestra condición de humanos. Me refiero a lo importante e inevitable de nuestra transformación en monstruos, como consecuencia del estar solos, o del quedarnos solos.

El miedo que nos hace monstruos y errantes. La soledad que nos saca pezuñas y aumenta nuestra salivación. De esto se imbuye el olor cotidiano del cielo de nosotros, los monstruos.

Según una definición de las más livianas del concepto de monstruo, entendemos que es un ser  con ciertas características que exceden al “orden regular de la naturaleza”, pero el paréntesis que  Grinberg agrega es que todos las tenemos (incluso ella misma), y entonces ¿dónde comienza lo monstruoso si no es en el desayuno?

 

 

Un texto para: El cielo de los monstruos // dirigida por: Silvina Grinberg

Ayelén Clavin

Formó parte de Segunda cuadernosdedanza.com.ar desde su fecha de fundación hasta el año 2014.

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