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Domingo, 28 Abril 2013 01:23

Algo me pertenece en esa obra*

Escrito por Yanina Rodolico

Hoy en día, ante cualquier duda existencial y etimológica, todos recurrimos a las definiciones wikipedianas para satisfacer nuestra sed de aclarar dudas. Entonces una encuentra:

“El pico, peón o trompo es un juguete consistente en una peonza acompañada de una cuerda. Enrollando la cuerda alrededor del trompo y tirando violentamente de uno de sus extremos a la vez que se lanza el conjunto contra el suelo, se consigue que el trompo rote sobre su punta, manteniéndose erguido y girando en el suelo. A lo largo de la historia su uso ha ido variando desde simple juego de niños hasta instrumento para prácticas de adivinación y chamanismo.”

No conforme, una puede buscar la definición de trompo en el Diccionario Práctico del Estudiante de la Real Academia  Española en la repisa de su biblioteca y encuentra: “trompo. 1 Peonza. Sabe bailar el trompo. 2 Giro de un vehículo sobre sí mismo al derrapar.”

Un poco más conforme. 

Entonces pienso: ¿Es posible que una cualidad propia de un objeto pueda volverse adecuada a un cuerpo humano? El mismo cuerpo es ya un objeto en sus más vastos sentidos dentro de nuestra sociedad. El rigor técnico de su funcionalidad ha impregnado hasta las capas más profundas de nuestra existencia, y no es novedad,  que la danza haya hecho uso de esta cuestión para desarrollar su arte.  

La disciplina del bailarín se caracteriza por un virtuosismo que no concibe ningún tipo de falla. Si esta existe, dada la humanidad que nos caracteriza, se la oculta o desdibuja. Quizás este sea el elemento básico del virtuosismo, no la técnica, no las condiciones físicas, no la interpretación de algo fuera de esta realidad, sino más bien, el virtuosismo radica en esconder la individualidad bajo el manto de la perfección inmutable de un cuerpo en movimiento.  

¿Cómo un cuerpo puede escapar a la tecnología de un mecanismo? 

¿Por qué como humanos nos sometemos en este sistema a la constante tortura de llegar al límite de nuestro bienestar? ¿Por qué traspasarlo? ¿Qué hay más allá de él? 

Estas son algunas de las preguntas que me formulo luego de ver Los trompos, obra bajo la dirección de Juan Onofri Barbato, que en estos días está realizando sus últimas funciones en el Ballet Contemporáneo del Teatro Gral. San Martín. 

Asistí a la función un día domingo por la tarde junto con mi abuela, quien sin ser una espectadora experimentada en materia de danza, comprendió (y yo también) en simultáneo a su experiencia con la obra, la médula de esta misma. Bailarines ingresan a la inmensidad espacial del escenario para posicionarse en un lugar específico y comenzar simplemente a girar. Piruetas en dehors,  alguna pirueta en dedans, misma preparación para todos, diferente capacidad giratoria. Lo que el espectador no sabe es que estos bailarines cuentan para su interior una cierta cantidad de ciclos de giros que organizará por completo la temporalidad de la obra. Ante la repetición de un único movimiento, el agotamiento se vuelve inminente. Detrás de ese movimiento alienado y homogeneizador se vislumbra una necesidad por individualizar lo propio. 

La música como un colchón apenas ensordecedor, sostenía la perpetuidad de la única acción repetible. Pero ella no fue suficiente para sostener lo insoportable, la fatiga y el agotamiento. Entonces es ahí donde una bailarina, Silvina Pérez, irrumpe en la monotonía giratoria con una necesidad irrefrenable de dar paso al impulso que se encuentra por debajo de la acción y que comanda al deseo. Es aquí donde mi abuela declara a mi oído: “Esta chica se está desarmando”.

El sonido de la respiración de esta chica queda registrado en mi  memoria. Luego de expresar su progresiva catarsis se detiene a un costado del proscenio simplemente a respirar, tomar bocanadas de aire que le devuelvan algo de su integridad, aunque esta se vislumbre más ahora que cuando giraba sin cesar con su cola de caballo bien peinada. Su respiración fue la música de ese momento y el acceso al límite de su fisicalidad. Silvina Pérez es una pieza contundente en la obra, mientras otros marcan el tiempo con su cuerpo, ella abrirá constantemente el espacio, plagado ya de inmutables giradores, a veces espasmódicos,  a veces loopeados bailarines…personas… 

Al presentar la descomposición de un elemento mínimo de representación como lo es la pirueta, se evidencia, se visualiza el poder específico que tiene esta misma como herramienta de artilugio. Reducir la acción escénica  simplemente a su mera reproducción es una elección que deja al descubierto un querer decir acerca de un contexto específico, acerca de una institución.  

En Los trompos el juego constante del miedo a fallar retroalimenta la adrenalina de cada intérprete. Justamente son  el fallo, el cansancio, el agotamiento no solo físico sino también anímico, las decisiones más acertadas. Mostrar todo eso que comprende el ser bailarín y la ejecución de su performance. 

*Una de las intérpretes utiliza una remera que me pertenece: para hacer mallas con plumas siempre habrá presupuesto pero para desmantelar la figura del bailarín y mostrarlo en su piel más sincera siempre habrá escasez de recursos. Más allá de la decisión por una estética austera en el vestuario por parte del director de la obra, hablo con conocimiento de causa al enunciar la escasez de recursos necesarios para que se lleven a cabo obras de esta envergadura en semejante institución como lo es el Teatro San Martín. Recortes de presupuesto o  descuidos, como quieran llamarlo, también se reflejan  en los fotocopiados programas de mano,  al eliminar los valiosos nombres de las personas que trabajan para que esta compañía sea posible: los bailarines, piezas fundamentales del engranaje bien aceitado de estos “tiempos modernos” del ballet. 

 

 

 

 

Un texto para: Los trompos // dirigida por: Juan Onofri Barbato

En: Teatro San Martin. Complejo Teatral de Buenos Aires // Avenida Corrientes 1530

 

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