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Lunes, 28 Octubre 2013 01:27

Carta a un querido (bailarín-coreógrafo) director

Escrito por Ignacio Gonzalez

 

Buenos Aires, 25 de octubre de 2013

Querido Fabián,

Cuando me enteré que se reponía Cartas a mi querido espectador en el Espacio Café Müller, la memoria y la espera comenzaron a hacer de las suyas: incluso ahora, a la vez que los recuerdos de ciertas imágenes y sensaciones danzan en mi memoria, la ansiedad por ver nuevamente la obra actualiza esas imágenes (que dejaron su huella) y anticipa otras en un futuro que, por definición, aun no existe.

La idea de escribirte esta carta, no es muy original –aunque pensé que, sinceramente, lo era-. He visto que otros espectadores han contestado las tuyas, y me alegra. Creo que es muy difícil no caer en la tentación de hacer el comentario de este modo, y espero que las cartas se multipliquen y multipliquen con cada uno que vea la obra (¡ojalá recibas esta carta antes del domingo 3!).

Retomando las reflexiones que tenía de ella cuando la vi (el 5 de abril pasado), y al observarlas a la luz de nuevas lecturas, Cartas a mi querido espectador me resulta cada vez más interesante. Y es que la reflexión sobre la espera y el tiempo aparecía desde el primer momento: el texto que se proyectaba en una pantalla blanca conformada por distintas cartas. Es decir, la pantalla se transformaba, a su vez, en carta. La forma y el contenido, la figura y el fondo, el significante y el significado se unían en un sentido que se hacía acto: esperar. Pero que las letras y palabras de ese texto proyectado tardaran en aparecer, o que los largos silencios y pausas incomodaran a más de uno en su butaca, estaban absolutamente en consonancia con un interés (me pareció) por evidenciar que la temporalidad determina la experiencia. Ricoeur lo dice más lindo: “el tiempo se hace tiempo humano en la medida en que se articula en un modo narrativo, y la narración alcanza su plena significación cuando se convierte en una condición de existencia temporal” (Ricoeur 1995: 113).  

Y cada carta es eso, un contar algo a alguien en un momento que se expande. Así, la obra como totalidad reconfigura nuestra experiencia en el aquí y ahora. No quiero decir que la obra sea narrativa en el sentido tradicional (evidentemente contar una historia, con personajes definidos, etc. no es lo que importa, al contrario) pero en tanto construcción narrativa (poética o histórica), me parece, dispone hechos y acciones de una manera única, los pone juntos dentro de ciertos límites, y construye sus propias referencias. Las acciones que Lucía y vos realizan (levantarse, despegar las cartas, leerlas o relatar lo que decían, tirarlas, cepillarse los dientes, bailar, etc.) se cumplen en todo momento con un fuerte sentido reflexivo, desplegando diversos interrogantes: ¿quiénes somos, en ese momento y en ese espacio? ¿Es posible que el actor y el público se conozcan verdaderamente? ¿Dónde y cuándo concluye la obra?..

Tal vez no esté diciendo nada nuevo, pero para mí, aquí la reflexión del filósofo francés puede continuar dando sus frutos: la idea de triple presente (que hace pasar el futuro al pasado) como distensión del alma -que toma de San Agustín-, es muy interesante para pensar una obra que juega continuamente con la dialéctica de la memoria, la atención y la espera. Ricoeur ejemplifica esta interacción en el propio acto de recitación: “recitar es un acto que procede de la espera dirigida hacia el poema entero y luego hacia lo que queda del poema  hasta que se agote la operación (…) el presente ya no es un punto, ni siquiera un punto de paso, es una ‘intención presente’”. (Ricoeur 1995: 61-62).   Pero también es interesante el desarrollo de las tres mímesis, que desarrolla a partir de Aristóteles (especialmente la mímesis II: en este caso, podríamos pensar Cartas a mi querido espectador tomada como un todo) que abre el mundo de la composición artística y que media entre el campo práctico previo y posterior a ella. Por eso se dice que el arte re-describe la realidad o reconfigura nuestra experiencia. En el espectador que tiene como destinatario (palabra fundamental del ámbito postal) ese recorrido de las tres mímesis llegaría a su cumplimiento.  

Pero regresando a la obra, las acciones muchas veces parecen repetirse e incluso se dilatan en ella (la repetición ralentizada de la caída de la carta N° 5 es ejemplar en ese sentido). Y el propio orden se perturba. El desfase se produce también desde el comienzo: la primera  carta es la N° 2, y el vacío queda de manifiesto en la “pantalla”. El juego con la sombra que se proyecta mientras se amplía en el foro, pareciera anticipar el espacio vacío que junto al silencio estructuran la obra (el marco vacío de la carta N°3, o el espacio que se juega en la reelaboración de la carta N°7, o la carta N°8 que pierde su propia identidad para transformarse en la carta N°9…). Se compone la obra, así, como una sucesión de ausencias, como vacíos en el espacio,  al despegar cada una de las cartas… Tal vez una de las claves esté ahí. Quizás en ese pequeño tambalear del propio espacio, la temporalidad se intensifique. 

Por supuesto, es sólo una interpretación. Ricoeur es mucho más complejo y la obra mucho más profunda. Incluso los lectores de esta carta podrían pensar otras cuestiones, como la misma tradición epistolar en relación a la danza. ¿Acaso no resuenan como un eco lejano, perdido, las Cartas sobre la danza y sobre los Ballets de Jean-Georges Noverre (publicadas entre 1758-1760)? 

Pero del mismo modo que el acto de recitar va terminando, o un foco luminoso comienza a apagarse, ya me estoy dando cuenta que esta carta llega a su fin. Por eso, Fabián, quiero agradecerte antes. También durante. Y un gracias por el después. Cuántas veces uno se refiere a un momento como si fuese “eterno”, deseando que lo fuera. Retomando a  Ricoeur una vez más, la intensificación de la experiencia temporal está dada por el contraste con la idea-límite de la “eternidad” (es decir, en la eternidad “nada pasa”, todo es presente y estable) pero que, sin embargo, se siente como una carencia en el corazón de la experiencia del tiempo (Ricoeur 1995: 74). Es decir, el tiempo humano se ve como un “defecto de eternidad” (lamentablemente somos mortales). 

Pero aún así, y por esa razón, espero con mucha ansiedad asistir nuevamente a Cartas a mi querido espectador. 

Pues el futuro seguirá siendo el tiempo de la esperanza. 

Saludos a Lucía y a todo el equipo,

Un gran abrazo, 

Ignacio González

PD: Ricoeur, Paul. 1995. “El círculo entre narración y temporalidad”, en: Tiempo y narración I. Configuración del tiempo en el relato histórico, 41-161. México: Siglo XXI.

 

 

 

Un texto para: Cartas a mi querido espectador // dirigida por: Fabián Gandini

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