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Lunes, 08 Julio 2019 11:45

Del arte o la máquina del tiempo

El instante sensible es un encuentro entre la obra y quien la mira. Esa obra, puede ser una materia suspendida en el tiempo que convoca todos los tiempos cada vez: el objeto. O un cuerpo, que de forma rotunda establece parámetros de presencia sobre lo no mismo. 

El pasaje de la obra plástica a la notación en danza, a la creación misma de un sistema de escritura para-con dicha práctica, corrobora que a cada práctica le corresponden sus escrituras. 

Y, que de cada práctica de escritura emerge una forma de concebir el cuerpo, de posicionar el tiempo y diseñar el espacio, puede, por tanto ser una iteración con lo mismo (sobre lo no mismo). 

El ojo, la mente, el cuerpo, se llenan de su objeto en-ante la obra. Existen símbolos que anticipan la danza, pero que, espejan sus posibilidades, definen sus parámetros, com-ponen la improvisación. 

Los objetos suscitan la afección. La danza es producida ante el objeto. 

La convivencia es definitiva, incluso muy disonante. Incluso invisible a los ojos que, en verdad, la están mirando. Objeto-Cuerpo, sala de museo-danza, archivo-escritura para la improvisación. 

El tiempo de la danza vuelve sobre la danza. Luego de dar un rodeo por la historia de las artes visuales. 

Su ser propicia la experiencia porque su carácter se vuelve sobre sí mismo. 

Quien mira, acontece, es el presente de esa presencia que emana del encuentro entre los cuerpos que bailan y sí mismo. Quien mira acontece en su mirar. 

La clave de esta experiencia, entonces, es la del intérprete. ¿Quién interpreta y qué interpreta?

Cuando un grupo de artistas ingresa al museo para mirar y escribir partituras ¿Es la historia del arte la que es interpretada desde la danza (y su historia)? ¿El objeto es interpretado como potencial partitura? ¿La improvisación es un interpretación de la escritura? ¿La notación es una interpretación del gesto mismo de notariar?

Durante la presentación a la que asistí, tres obras fueron “utilizadas” para la danza. Se trató de Fuga 21=36 de Knopp Ferro, realizada en 2008, Lineal una pieza de nuestro gran Enio Iommi realizada en 1948 y la más reciente de las tres, Sin título de Beto de Volder, realizada en 2012. 

La gacetilla lo anuncia así: “intérpretes”: Marie Bardet y Martín Tchira.

Ante la obra se adquiere el sentido de la propia presencia. Eso sucede en el museo, siempre. Eso sucede en la danza, siempre. Incluso esa presencia puede dar síntomas de una cierta incomodidad. Una presencia que es posible porque la obra crea un lugar donde acontece y acontencer mirando. 

Si el tiempo es sólo un concepto, entonces sólo existe el arte por error. Las teorías que señalan el momento del fin del arte, coinciden en posicionarse en un paradigma logocéntrico, dónde lo que se defiende es la hegemonía del concepto. Esas teorías son el paradigma de pensamiento de  nuestra historia (principalmente la danza). 

Este acontecimiento es la corroboración de que la historia no termina, sino que vuelve a empezar, una y otra vez, incansable de sí. La obra de arte se ensancha en el tiempo, es espesa en su existir. Y alberga potenciales. Toda vez que se habla de un fin, se salta el acontecimiento sensible. La experiencia corporal parece negada como tal, en su valor, como motor, como presencia. En este acontecimiento, hay, 2012, 1948, 2019, 2008, ya tanto... todo más. 

 

Este comentario fue escrito a partir de mi asistencia a Iteraciones sobre lo no mismo, exhibición y ciclo de performances, curada por Guillermina Mongan, en el MACBA, el 22 de Marzo de 2019 (bailaron Marie Bardet y Martín Tchira)

 

Ph. Enio Iommi, 'Lineal', 1948, Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires

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