Jueves, 19 Octubre 2017 13:46

El sueño del pibe

Por primera vez escucho a Los Redondos en el Teatro San Martín. Veo a Celia Argüello, a Luli García Pullés, a Martín Gil y descubro a varias bombas más, que me gustaría ver más seguido en los escenarios públicos de la danza de mi ciudad, sobre todo en los de la calle Corrientes: uno cerrado hace más de tres años y el otro, el más grande, sede de un ballet contemporáneo dirigido hace 18 años por el mismo coreógrafo. La mayoría de los intérpretes de El baile son coreógrafos también.

foto de Christophe Martin  

Yo que era un solitario bailando…

 

          Sus cuerpos explotan cuando bailan murga, cuando cantan boleros y gritan Miss Bolivia, o zapatean en una audición de malambo. La obra franco-argentina abre mostrando lo que sucede en un salón de baile: la gente se mira, de reojo, espera, se saca a bailar. Y se pasea por otros espacios también, a diferencia de la película de Scola de 1983, del mismo nombre, porque acá (y allá), también se baila en plazas, boliches, en la calle, los pueblos, hasta entre animales, revoleando pañuelos.

          Cada movimiento tiene un nombre distinto cuando se lo aprende a bailar, y al recordarlo también. Deconstruir la memoria de los cuerpos, descubrir las huellas de esas palabras y de esos gestos, indagar cómo habita cada bailarín esos movimientos es la tarea que emprendieron Mathilde Monnier, Alan Pauls y los doce intérpretes creadores junto al equipo artístico de la obra. Los movimientos de algunas danzas argentinas, de algunas actividades estereotipadamente “bien nuestras”, se muestran como el reflejo de ciertos usos de los cuerpos, interrogando sobre lo que queda de la historia de un país en sus formas de moverse. Una historia que es colectiva, como el tango que va cerrando la obra, que arranca de a dos y al que se le van sumando en una cadena de abrazos los demás bailarines, constituyendo una oruga espiralada y cariñosa. Como en las milongas, en donde bailamos solos, con las miradas, de a dos al arrancar; multiplicamos las parejas de baile a medida que avanza la noche, mientras bailamos en círculos con el salón entero.

***

          Por primera vez veo una obra de Mathilde Monnier, coreógrafa que sigo desde hace años, en la sala Casacuberta. Y veo bailarines argentinos, algunos que también sigo, de más cerca, bailando en ella.

 

foto de Christophe Martin

 

Ahora que estamos en la pista, tú y yo

 

          Leo en una entrevista a la directora en donde dice que a medida que avanzaba el proceso creativo, más sentía que se acercaba a la obra teatral de la cual muy libremente se inspira, Le bal, de Jean Claude Penchenat, de 1981, que también propone contar parte de la historia, la francesa, desde un salón de baile. A su vez, este director creó su pieza después de haber visto la mítica Kontakthof, de la Bausch. Una crítica francesa de este Baile franco-argentino habla de “circulación de semillas insospechadas” de una obra a otra, a través del tiempo. Y de componer sin palabras la historia de un país y un poco la del teatro.

          La obra abre con No soy un extraño de Charly, como una suerte de declaración de principios. ‘Soy de acá pero estaba afuera/soy de afuera pero estoy acá, y puedo hablar porque veo la realidad desde acá, no como la cuentan los diarios’, o como lo canta mucho mejor el maestro García. Esto sirve de recordatorio para olvidar el prejuicio que puede atacar al escuchar hablar a una extranjera, como Monnier, de nuestra historia argentina, en un espacio ícono de la cultura oficial, legítima. Podríamos decir que la forma de composición de la obra remite a estilos “europeos”, por la apuesta a procedimientos simples, que casi dejan transparente la consigna que, imagino, los hizo surgir. Pero la obra, con el corrimiento que opera de la idea de representación, es fundamentalmente de danza contemporánea. Que sabemos, o al menos desde acá miramos, a veces copiando, como una disciplina nacida y “fundada” mayoritariamente en el hemisferio donde está ese continente. Podríamos decir que la obra, más allá de su forma, tiene una energía “argentina”: otra de las cosas que escuché fue que la Monnier estaba impresionada con la formación de estos bailarines. Algo de la calidad de sus presencias escénicas quizá se parezca, melancólica, histérica, sacudida, a nuestra historia. 

         Una historia en donde la fiesta es sólo para algunos: en la función a la que asistí estaban habilitadas las butacas laterales (al parecer en otras funciones no), y algunas escenas de la obra, sobre todo el reggaeton furioso, fueron actuadas tomando como frente la parte central de la platea, y no sus laterales. Vi parte de la obra de costado, en una sala que es semicircular, y pensé cómo muchas veces las artes contemporáneas y sus espacios también dan la espalda, ellas, a las formas artísticas provenientes de otros sectores sociales que no son los suyos. No es en absoluto el caso de esta obra, pero pensé, también, que me gustaría ver más murga en otras obras de danza contemporánea.

            Algunos de los artistas de este Baile trabajan en sus propias piezas más con ritmos y movimientos de las danzas populares, que con los de la academia o la experimentación. Cuando se les pregunta qué hay de esas otras danzas argentinas en ellos, mencionan el manejo de lo rítmico, pero sobre todo una misma interrogación, común con esta obra, acerca de qué es lo propio y qué lo ajeno, y cuánto se puede apropiar un cuerpo de una cultura. Otros bailarines de la obra dicen que lo que más les gusta de esta experiencia transatlántica es cómo la recepción de los signos se hace de maneras muy distintas, entre Europa y Argentina. La obra abre interrogantes y deja distintas preguntas, sociológicas, disciplinares, estéticas, geográficas, históricas o biográficas, resonando en cada espectador. Es por eso que buscar entre las escenas referencias claras a la historia argentina no es una lectura productiva para esta obra: los referentes son kinéticos y sonoros, disparan recuerdos distintos según cómo cada uno se haya relacionado o no en su vida con estas formas.

***

            Por milésima vez ¿dónde está Santiago Maldonado?

 

foto de Nicolas Roux

 

…la música ya iba llegando al último compás

 

          La noche en que asistí al Baile, al finalizar la función, como en las restantes funciones que realizan acá y en otros lugares del mundo, los bailarines preguntan “¿dónde está Santiago Maldonado?”. Un espectador se levanta, furioso, y entre los cientos de aplausos, nos grita a los más de 150 espectadores restantes que “ustedes van a hundir al país”, convencido, supongo, de que nos estamos haciendo la pregunta equivocada, y que por ende no dejamos que el barco-país avance o siga, aunque enclenque, a flote. Mientras, los demás lo chiflamos y gritamos “nunca más”. Me impresiona cuán convencido tiene que estar un tipo como para enfrentarse completamente solo a una multitud. Luego, los bailarines relatarán que en otras funciones no fue una sola persona, sino la mitad de la platea la que se enfrentó a la otra por la misma cuestión. Esa misma noche, antes del aplauso, una pelota de fútbol choca fuerte contra un alambrado, tras la patada final de uno de los intérpretes. Rebota y cae en medio de la platea. El recuerdo de los versos de Charly con los que inicia la obra invade la sala en estas dos situaciones: en contra de diarios y medios mentirosos, que dirigen la confusión general por los nombres y las preguntas, que tratan de hundir el pasado para que no salpique el presente y así navegar en un país sin memoria, ahora está de nuestro lado, en el público, la tarea de luchar para que los carceleros de la humanidad no nos atrapen dos veces con la misma red.

***

          Por primera vez escucho cantar Gilda en el Teatro San Martín. Eso no significa que me alegre cuando nuestros actuales gobernantes bailan sus canciones, felices por la victoria que arrasa con parte de esa memoria. Pero sí que me emociona escuchar canciones que compartí con muchos otros argentinos, muchos más que los que vemos danza contemporánea, no tanto en espacios oficiales de nuestra cultura, sino en las calles que pateamos todos los días. Bailar desde la butaca de un espacio, público, al que accede paradójicamente la elite, por el contagio de estos  bailarines inmensos formados, como varios de nosotros, tanto en instituciones académicas públicas, como en boliches y plazas, es una tremenda alegría.

 

¿Quién lo iba a pensar, que después de este primer baile me iba a enamorar?

  

          La cultura popular, según Stuart Hall, es la arena de lucha, continua, irregular, siempre desigual, en donde se libra la disputa por el poder. “Es el terreno sobre el que se elaboran las transformaciones (…), un campo de batalla donde no se obtienen victorias definitivas, pero donde siempre hay posiciones estratégicas que se conquistan y se pierden”. El Baile plantea esta disputa, y enamora por el disfrute con el que impone esta provocación, por el cuerpo que le pone a las tensiones y las oposiciones entre lo que pertenece al dominio central de la cultura de elite o dominante y la cultura de la «periferia».

          Uno de mis tantos “sueños del pibe” que recoge este texto sería, como dijo el antropólogo Pablo Semán en el cierre del último MICA que nos dio el kirchnerismo, que ¡haya “más negros y más cumbia” en estos espacios!

 

  

Este comentario fue construido a partir de la función de El baile vista el 24 de septiembre de 2017 en Buenos Aires. Gracias a Celia Arguello, Martín Gil, Lucas Lagomarsino y Ari Lutzker que accedieron a ser entrevistados, colaborando con la escritura de este texto.

  

Ficha artístico-técnica

El baile se estrenó en Le Quai CDN Angers, en junio de 2017. Está muy libremente inspirado en Le bal – sobre una idea y dirección de Jean Claude Penchenat, obra colectiva del Théâtre du Campagnol

Concepción - Mathilde Monnier y Alan Pauls

Coreografía - Mathilde Monnier

Elenco - Martín Gil, Lucas Lagomarsino, Samanta Leder, Pablo Lugones, Ari Lutzker, Carmen Pereiro Numer, Valeria Polorena, Lucía García Pullés, Celia Argüello Rena, Delfina Thiel, Florencia Vecino, Daniel Wendler

Dramaturgia - Véronique Timsit

Escenografía y vestuario - Annie Tolleter

Diseño de iluminación - Eric Wurtz

Diseño sonoro - Olivier Renouf

Asesor musical - Sergio Pujol

Coaching vocal - Barbara Togander, Daniel Wendler

Asistencia de coreografía - Marie Bardet

Asistencia de ensayo en gira - Corinne Garcia

Colaboración artística - Anne Fontanesi

Difusión internacional - Julie Le Gall – Bureau Cokot

Producción y colaboración artística - Nicolas Roux

Producción - Le Quai - Centre Dramatique National Angers - Pays de La Loire

Coproducción Chaillot - Théâtre National de La Danse, Théâtre de Namur, Ctba - Teatro San Martín - Buenos Aires, Théâtre Sénart Scène Nationale, Festival de Genève La Bâtie

Con el apoyo de Direction Générale de la Création Artistique du Ministère français de la Culture

 

 

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