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Domingo, 03 Junio 2018 19:22

La carta robada, cosas que pasan.

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Antes de pensar en lo que veo, me divierte, me resulta intrigante y algo pícaro. Digo que no pienso porque es una sensación en el cuerpo de curiosidad y entusiasmo. No siento la solemnidad de las obras que suponen ser intelectuales.

El juego de la obra, su gran dispositivo espacial, separa el objeto de la causa, produce una pérdida de sentido que funciona lúdicamente y, a su vez, la suspensión de la certeza.

Se ven los hilos, se ve el truco del prestidigitador.

Nada de eso importa. Somos capaces de construir ahí la escena de la escena.  

Separar del cuerpo lo que no es del cuerpo ¿es del cuerpo?, ¿del cuerpo de quién?

¿En qué se convierten nuestras escenas cuando son dictadas por otro? Respondemos a la voz que dirige la escena, a los hilos que mueven las cosas, a las cosas que no toleramos, a las que nos producen amor. Resolvemos como podemos eso que nos mueve y el sentido sólo se cobra cuando lo ausente se hace presente.

Por vicio pensaba en la función de un análisis psicoanalítico, no dejarse llevar por lo obvio, por el sentido de la frase. Cosas que pasan desarma la percepción, nos pone de relevo eso que Freud tanto esfuerzo hizo por instaurar, no hay nada natural en la relación del sujeto con sus objetos.

La cosa, nunca es la cosa, se le agrega el efecto metonímico, las cosas que pasan, que mueven y son movidas. Las cosas también son palabras.

Ver cómo se cocina la cosa hace que se entre de a poco en ese mundo que habita las tinieblas. Nos presenta ante el embrollo de la percepción, ante la ficción que se crea para entender algo, para construir un sentido allí donde en principio sólo hay fragmentos, indicios, signos de una posible cadena de significación que se manifiesta en un cuerpo que se mueve, que reacciona, que activa.

Desarmar una cosa lleva tiempo.

Para que un niño cumpla 5 años hay que esperar que pasen 5 años. Por supuesto con eso no alcanza para decir que efectivamente allí encontremos un niño, es necesario que a ese niño le pasen cosas para que pueda crecer.

Algo así me pasa con el material de la obra, se toman el tiempo para que encontremos a ese niño sin saltear el escollo de la duración. Sus escenas son tiempo, tiempo que permite la experiencia sensorial y tiempo necesario para desarticular los artificios de la mente y la percepción. Con el tiempo saboreo después de verla esas cuestiones que caen por último, cuando lo literal trasciende la literalidad y esto en mí produce un gran placer estético.

La escena final transcurre en su temporalidad necesaria, anunciada por una frase de esas que fueron pasando durante toda la obra. Tiempo de la construcción, de dejar entrar lo que en otras lógicas de la obra de arte hubiese quedado por fuera para dar lugar a la escena esperada. Pero la previa es lo que hace al valor estético de lo esperado que es de por sí un misterio y a su vez la posibilidad de comprender algo, pero sólo a posteriori.

El final de la escena, se despliega en la quietud y produce el efecto de lo siniestro, ese momento en que lo familiar se vuelve extraño. Incluso cuando has vivenciado cómo has llegado a ver lo que estás viendo. No es una imagen, es una escena que condensa en una imagen ominosa. El efecto que invita a la pregunta, al desandado de lo obvio. Entiendo que la obra también funciona así, invitando a conectar con lo misterioso o, si andamos defensivos, a hacernos los boludos frente a lo que lo abierto nos presenta, sobre los puntos personales en los que nos interroga y que no son ya los tranquilizantes temas tradicionales que todos creemos tener en común.

Mientras quedo fascinada por el efecto del final, que no se cierra a responder un tema universal, que es para mí inesperado y placentero, un señor le dice a la mujer que se encuentra junto a él: ¿Habrá que aplaudir? La mujer le responde: No, creo que no, Roberto.

 

Comentario para Cosas que pasan de Luis Biasotto. Función 14 octubre 2017. Cultural San Martín.

FICHA ARTÍSTICA

Creación: Luciana Acuña, Luis Biasotto, Gabriela Gobbi, Agustina Sario, Matthieu Perpoint | Performers: Luciana Acuña, Luis Biasotto, Gabriel Chwojnik, Gabriela Gobbi, Agustina Sario, Matthieu Perpoint, Paula Russ | Concepción musical: Gabriel Chwojnik | Concepto, diseño y realización escenográfica: Ariel Vaccaro | Diseño de iluminación: Matías Sendón | Asistencia de iluminación: Adrian Grimozzi | Vestuario: Gabriela A. Fernández | Revisión y asesoramiento de texto: Mariano Pensotti | Trailer: Alejo Moguillansky, Mauricio Sanches | Asistencia general: Paula Russ | Producción general: Gabriela Gobbi | Fotos: Néstor Barbitta

 

Fátima Sastre

BAILANTE como una posición. Bailarina, Psicoanalista, Psicóloga social en trabajo corporal expresivo.  Creadora de DANZAPSI “Análisis psicoanalítico del sujeto  del movimiento”

Años destinados a otros intentos (¿Fracasos?) académicos Lic. Artes combinadas, en Filosofía  y en composición coreográfica mención expresión corporal. 

Multipontecialite (Renacentista según la psicología de la personalidad) La curiosidad y el deseo constante por seguir conociendo me mueven.

Escenarios. Danza. Autogestión. Investigación. Docencia. Clínica Psicoanalítica.  Fotografía. 

Participa en Segunda como editora porque creo en/con  las palabras, me identifico en sus búsquedas y la libertad con la que es posible abordarlas. 

 

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