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Lunes, 03 Octubre 2022 17:44

Una historia sobre galas

Escrito por Rocío Laria

Todavía soñaba con ser bailarina. Podría escribir muchísimo sobre cómo sobrellevé el desafío de albergar un sueño así de grande, pero hoy quiero contarles otra cosa. Porque soy un poco marxista, porque el tema de las clases sociales chorrea por las narices de la historia, porque no me sale no considerar que yo era (soy) una bailarina de ballet proletaria. Claro que no soy la única. Pero sabemos cómo se pinta el mundo del ballet. Quienes no asumen su tendencia elitista, eligen el atajo construyendo narrativas de meritocracia. ¿El esfuerzo siempre alcanza? ¿Siempre da frutos? ¿El esfuerzo de todes comienza en el mismo punto de partida? Por supuesto que no.  ¿Cómo fue que, en ese mundo de tickets caros, tutús llenos de moho para las willis de la educación pública, en este monopolio de puntas de ballet en el que la divisa oficial es el dólar, una campesina de sueños azucarados, sin un mango en el bolsillo pudo entrar a la III Gala Internacional de Ballet e interceptar a sus bailarines favoritos en Marcelo T. de Alvear y Cerrito?

Las galas comenzaron a celebrarse en el año 2011 y siempre se hicieron en el Teatro Coliseo. Tengo recuerdos entrañables de aquella segunda gala en la cual cumplí el sueño de ver sobre el escenario a Polina Semionova, Daniil Simkin y Iana Salenko, entre otres. Pero, Polina era Polina. Había pasado horas viéndola interpretando las mil y una variaciones de miles de ballets enteros por Youtube. Aquella noche, al terminar el espectáculo, esperé paciente para sacarme una foto con ella. Había llevado una cámara digital prestada por mi tía, puesto que mi celular de aquel entonces no tenía cámara. Fui sola. Conocía poca gente del ambiente de la capital federal y no tenía muchas ganas de pedirle ayuda a “las chicas del Colón”. 

Resultado de la selfie con cámara básica digital = salir con cara de asesina serial en las fotos con mis ídolos. Otro dato de color: no me vi excenta de la tentación del tradicional pedido de autógrafos trazados sobre las puntas de ballet. Pero dado que tenía sólo un par para bailar, no podía arruinarlas. Así que llevé dos o tres pares de zapatillas de punta que se habían estropeado en la cruenta inundación que sufrió la ciudad de La Plata en Abril del 2012.

Me resulta divertida la intensidad con la que nos horrorizamos de nuestras maneras de vestir cuando revisamos fotos viejas. Hoy no puedo entender qué le veía a esos aros de tela rígida, pero me encantaban. Recuerdo que muy de gala no fui. Sé que muches entienden cuando digo que la ropa “de salir” para unos equivale al outfit cotidiano de otres. Así mismo me chanté los aros más horrendos del condado y la camperita roja de hilo. Porque cuando no tenés mucha pilcha, andar arreglada es eso: el mejor jean (no siempre es el más nuevo), una musculosita y una camperita de hilo (sí, en diminutivo). Completan el look un par de “chatitas”.

Pude asistir a las dos primeras galas gracias a la buena fortuna de que año tras año se programaran en Agosto (mes de mi cumpleños). Las entradas siempre fueron un regalo de mi familia. Pero, para la tercera, ya no se pudo continuar con esa tradición y la posibilidad de asistir se esfumó bien temprano en Julio, cuando salieron a la venta las entradas.

 

30 de Agosto, día de la Gala. 

Faltaban apenas unas horas para que el telón del Coliseo se abriera de par en par. En aquella edición la estrella era el ucraniano Serguéi Polunin, el rockstar del ballet, rebelde, que se había tatuado recientemente y había renunciado como bailarín principal del Royal Ballet de Londres. 

Entre otres grandes monstrues de la danza participaba la increíble Viengsay Valdés, representante mundial de la Escuela cubana. Recuerdo estar inquieta en mi habitación sintiéndome impotente. Tenía menos años y menos vergüenza, nada me escarmentaba, no me resignaba a perderme la función. No tenía dinero, pero sí la gracia de saber contar una historia. Escribí un mensaje privado al facebook del evento con la intención de comunicarme con la productora. Tipeé con habilidad y lágrimas en los ojos. Me sentí absurda y desquiciada. En el mensaje me presenté y conté mi situación. Dudé, pero presioné enter antes de caer en la trampa de mi indecisión.

Preventivamente pensé en no esperar una respuesta y me dispuse a distraerme con otros quehaceres. La campanita de messenger no tardó en sonar y en un acto de súbita empatía entre empresarios y esta joven de obstinación lapridense, conseguí mi entrada. 

"Hoy por ti mañana por mi" arrancaba la respuesta y terminaba con la instrucción de retirar por ventanilla la entrada. Busqué mi campera de hilo, me puse el mejor jean. Salí volando a tomar el 129. Mi mamá no podía creerlo. ¿De dónde había sacado yo tanta labia? “De los cuentos que me leiste de niña, mamá”, en ellos había una hormiguita  viajera, un ornitorrinco que trabajaba de nosequé y un baúl lleno de perlas. La esperanza aguerrida también, de tus huesos. Y, la de salirme con la mía. 

“Siempre te salís con la tuya”,  la escuché decir mientras bajaba las escaleras al trote para cargar la Sube.

Esa noche asistí como invitada a la III Gala Internacional de Ballet. La capital me recibió conmocionada, aún sorprendida. La humedad de mis ojos atrapaba cada una de las luces del puerto. Cuando el colectivo bajó de la autopista, esperé unas pocas paradas antes de tocar el timbre. Me bajé y el metrobús apenas sintió mi ráfaga. 

Cruzando Cerrito hacia la Tercera gala, fue la única vez que las luces de la capital no me impidieron ver las estrellas.

 

 

 

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