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Sábado, 10 Julio 2021 15:04

Meraviglioso, obra de Lucas Di Giorgio y Marina Barbera

Escrito por

Fui a verla con mi hermano, a mediados de marzo de 2021. Eso fue extraordinario. Ir al teatro en este mundo, ir con mi joven hermano. El uso del barbijo de los espectadores impactó menos en mí que la última vez que compartí una sala, aunque tal vez me esté engañando. Hace tiempo vengo intentando entrenar mi atención en dar lugar a lo placentero. El registro de lo incómodo, la queja, la angustia, el miedo, todo ese caudal muscular-discursivo prende rápido y es bastante expansivo, ni siquiera tengo que alimentarlo e igual engorda. Cuando es posible, hago una pausa a mi violencia, respiro, rescato el privilegio de estar viva, de estar con mi hermano, de ir a ver una obra.

Sus creadores la presentan así: 

“Un muchacho. Un varón. Un tipo común.

Su casa y todas las generaciones que guarda adentro.

Las manías.

Sus cosas. La comodidad de la conversación con sus cosas.

El sentimiento ancho de ser el único conquistador del hogar.

Segundo escolta. Semifinalista. Un tipo común.

La costumbre del recuerdo y los chismes mientras plancha la camisa.

La gomina. La copita. El portatraje. El almidón.

Y de pronto, la insoportable interrupción de un pequeño accidente doméstico.

Un llamado inesperado. Tal vez, un amor.

El deseo enciende la maquinaria, sin embargo su posible consumación tambalea cualquier prolijidad establecida.

Un encuentro imprevisible y el terror de la invasión del territorio. De no estar realmente preparado para el momento.

La tragedia de cambiar las cosas de lugar.

La construcción de la ilusión de quien va a tocar la puerta.

Y la entrega al abismo, de no saber nunca, jamás, ni antes, ni hoy, ni mañana, cómo es que ese amor llega, de qué modo hacerlo pasar, si viene y se va, o permanece.”

 

No sé cuánto puedo escribir de la pieza en sí. De mis ecos internos puedo intentar decir algo. Después de aplaudir, viendo la emoción de Lucas desbordando sus ojos, los míos se llenaron de lágrimas. ¿Fue después, antes o a la vez? No estoy segura pero sé que registré la entrada de un pedacito de tiempo en mi memoria. Estaba creando un recuerdo nuevo. Días más tarde, en mi escritura, apareció una frase: 

Compartimos los ojos, no la mirada.

En el teatro La Carpintería, mientras aplaudía y observaba alrededor, pensé en la fragilidad enorme de la sensibilidad humana, ¿Cómo hacemos para sentir tanto y seguir viviendo? Se entienden las máscaras, los trajes, los vestidos, la dureza muscular. Al caminar un par de pasos lejos de la silla, registré que me había quitado una capa de encima. Una sábana de peso, algo llegó a mis pies y fui transformada, me volví más liviana, sonreí abiertamente. Tener registro de esa vivencia, tan íntima, fue un tesoro. Hermoso tesoro. 

Seguí caminando entre butacas, pensando en la sensibilidad, lo que hacemos, deshacemos con ella, registrando el deseo de poder dialogar con mi hermano también. Tenía preguntas para su juventud. ¿Qué se habrá movido en él? Caminamos juntos por la calle también, compartimos una cena en Almagro, llegó un grupo de tambores, nos reímos. Si hubo momentos incómodos, los olvidé. Todo quedó bello en la memoria. Algo del clima que nos envolvía, tenía que ver con la dulzura puesta en gesto por Lucas, su valentía de jugar, el coraje enorme de mostrarse tierno, de mostrar aspectos de la sensibilidad masculina, cuestionarlos, desarmarlos, representarlos, entrecortarlos, vestirlos, desnudarlos. Desde mis ojos, todo fue un regalo, me permitió pensar y hablar diferente. A mi hermano también, creo, aunque no sé si él va a reconocerlo. 

Después de aquella noche transformadora, en el desayuno, hablamos más sueltos y distendidos. Diría que casi por primera vez en muchos años, hubo algo que fue diferente ¡hablamos! Llegaron frases crecidas de mi bebé (ya sé que esta no es forma apropiada de nombrarlo, tiene 20 años mi hermano), dijo cosas, me hizo preguntas, me cuestionó conductas, aprendí escuchándolo. Algo de lo que se desplegaba en el diálogo de por qué en la familia discutimos tanto, de qué es el modelo macho hegemónico, de las luces de los padres, del pañuelo verde. Había algo de novedad y no puedo probarlo, pero tenía que ver con Meraviglioso. Estoy segura. Para hacer descansar  un poco la energía en la conversación matutina que se había crispado, volví a hablar de la obra, de su importancia, de qué hermosura hermosa es que haya artistas comprometidos que nos abran puertas y mares de juego a la vida. Cuando volví a nombrar la sensibilidad del actor, sentí el mundo interno de mis ojos como nunca antes. Hay un adentro del adentro. Otra vez, un registro profundo psico-corporal mientras hablaba en relación a lo que había podido ver. Reconozco que apareció angustia, ¿por qué? La fragilidad, la consciencia de que no somos (¿somos?) eternos. La emoción que creí ver afuera, en los ojos del actor, tal vez nació adentro. Y brotaron preguntas para quien quiera jugar conmigo. ¿Cómo nos cuidamos en este mundo? ¿Se puede pensar sin categorías? ¿Cómo podemos amarnos mejor? ¿Cómo dejar pasar a un visitante a la guarida? (Agradezco el privilegio de tenerla) ¿Cómo nos transformarnos tanto pero no tanto? ¿Cuál es la puja por el control que aparece en el compartir? ¿Siempre aparece? ¿Cómo nos mezclamos con salud? ¿Podemos vivir en comunidad? ¿Por qué vuelve el sufrimiento? ¿Cómo hacer que la sensibilidad se vuelva creadora de belleza? De belleza, alegría y nada más. A veces tengo esas pretensiones desmesuradas, absolutas. Después me achico.

Es que quiero la alquimia para ser amable y amar siempre. Algo de lo que creí que el muchacho maravilloso de la obra quería. Quiero sólo eso y no sólo para el escenario, para un escrito, para un dibujo, para la vida. No me interesa el trabajo con la sensibilidad si no me ayuda a abrazarme con alguien en el día a día, el arte por fuera de mi cotidianidad es de los burócratas especialistas. Nada de eso me interesa. Por acá viene la cosa (lo descubro escribiendo y agradezco el juego siempre a ella). En la obra de Lucas y Marina, hubo algo que me llegó profundo y el alrededor entero fue una fiesta. Verme en los gestos de Lucas, él buscando diferentes formas de mostrarse, de dejarse ver. La masculinidad puesta en relación a las herramientas, al fútbol, a la conversación con un amigo, con la madre, él arreglándose frente al espejo, el pedido de ayuda, el juego  de mostrarse fuerte, chanchero, seductor. Fui a espiar la intimidad de un hombre y también pude reconocerme ahí. Una forma de reconciliarme, de no vivirlo como enemigo. Fue un día de celebración por la vida creadora. Gracias artistas por insistir en la curiosidad amorosa exploratoria, mostrarnos cuestiones del mundo y regalarnos caricias invisibles.

Muchas preguntas quedaron suspendidas, esperanzadoras, bailarinas, claras, turbias también. El arte transforma, por eso a veces me siento en peligro, el vuelo, el aire, el agua, el fuego, la tierra y la necesidad de que perdure también. Las preguntas quedaron, bailaron conmigo durante y después de. Tuve la suerte de escuchar palabras del actor, y las ideas quedaron vibrando mis nuevos dedos, en reflexiones, en deseos. Perduran los ecos si hay espacio y silencio para escuchar. Lucas contó algo de su relación con ella (la obra y su alrededor).

¿Qué quiero decir de eso? Ya voy casi tres páginas. Mejor construyo otro texto luego. Después de volver a verla. Pongo ahora un límite al yo en expansión que aparece a veces en mi escritura, para seguir jugando, más chiquita y simple. Voy a volver a la fuente para escribir a través de ella. Hay Meraviglioso, hay obra, hay vida.

 

Texto escrito durante marzo y abril del 2021.

 

 

Jezabel Amin

Jezabel, nombre de bruja que eligió mi abuela y lo demás vino después. Escribo pero no soy escritora, canto pero no soy cantora, doy masajes pero no soy masajista, actúo pero no soy actriz, bailo pero no soy bailarina. Lo que no soy dice más de mí que lo que pretendo ser.  Todavía me estoy pensando (o escapando) de las definiciones. Terminé mi formación en técnica Alexander el año pasado. Soy amante del tango, el folklore, el barro y las medias de colores. Pasé por Puán, filo, UBA, UNSAM, clases de teatro, experiencias traumáticas y tramáticas. La razón es el deseo. Puedo escribir frases como esa. Es decir todo, es decir nada. https://www.facebook.com/escritos.Ana

 

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